La máquina que atraviesa los ríos

El Gobierno Nacionalista hizo un proyecto para instalar 2 mil huaros –teleféricos artesanales que trasladan a la gente de la orilla de un río a la otra– en las zonas más pobres del país. El primero se colocó en Codo de Pozuzo, Huánuco.

Yaser Arafat (10) y Shaunstalen (9) se meten corriendo en la canastilla. Su madre, Maruja Bravo, suspira. Le da miedo que los chicos usen el pequeño huaro que la Municipalidad Distrital de Codo de Pozuzo instaló aquí el año pasado, poco después de que la crecida del río Pozuzo se llevara el puente colgante que había en este lugar. El pequeño huaro tiene el piso de la canastilla roto y el cable que lo sostiene parece que podría romperse en cualquier momento.

–Yo tengo que estar mirándolos de acá –dice Maruja, como si desde la orilla pudiera hacer algo en caso de un accidente.

En pocos minutos, Yaser y Shaunstalen ya llegaron a la otra orilla. Han surcado por el aire los 124 metros de ancho que tiene el río en esta zona. Da miedo verlos. A unos cinco metros bajo sus pies, el Pozuzo discurre con violencia hacia el sur. Una caída sería fatal.

Junto a Maruja hay otro huaro. Es un aparato mucho más grande y moderno. Su canastilla mide 1.60 metros de largo por 1.20 de ancho y 2.20 de altura. Está hecho de tablas de madera y tubos de acero de dos pulgadas de ancho. El piso es una plancha de aluminio antideslizante. La canastilla es sostenida por dos fuertes cables de acero, que a su vez son sostenidos por dos torres, una a cada lado del río.

Este es el huaro que instaló el Gobierno Nacionalista. El primero de un lote de 2 mil que el gobierno se propuesto colocar en las zonas rurales del país para conectar aquellos caseríos que a causa del paso de un río caudaloso por sus linderos tengan dificultades de comunicación con el resto de sus comunidades.

Maruja Bravo y sus vecinos de Codo de Pozuzo, distrito situado en la provincia de Puerto Inca, en el departamento de Huánuco, todavía están aprendiendo a utilizar este nuevo huaro. Es más pesado y por ello más lento. Los chicos no pueden llegar de un lado a otro del río en dos o tres minutos. Pero es una estructura que les permite trasladar mucha más mercadería que la que cabe en el pequeño huaro municipal. Y, por supuesto, es mucho más seguro.

MÁQUINA ANCESTRAL

Los huaros u oroyas son una suerte de teleféricos hechos artesanalmente. Eran parte del sistema de caminos que existía en el Tahuantinsuyo. En esa época estaban hechos de una gruesa soga que se ataba a muros de piedra y árboles, en las dos orillas de un río o una quebrada, por la cual se deslizaba una canastilla en la que iban personas o carga. Han sobrevivido hasta nuestros días, sobre todo en las comunidades del Ande y la Amazonía, como una herramienta de transporte allí donde no se puede construir ningún tipo de puente.

El gobierno nacionalista, a través del Programa Nuestras Ciudades del Ministerio de Vivienda, puso en marcha el Proyecto Huaros, con el objetivo de replicar por todo el país estos sistemas de transporte, pero con un diseño mucho más sofisticado en el que lo más importante sea la capacidad de transporte y la seguridad.

Vivienda encargó a los Servicios Industriales de la Marina (SIMA) el diseño y la construcción del nuevo dispositivo. Sus técnicos trabajaron durante meses. Para agosto, el primer huaro experimental estaba listo y fue instalado en Codo de Pozuzo. El 25 de octubre, el presidente Ollanta Humala viajó a ese distrito para inaugurarlo. Hasta bailó tirolés.

La elección de Codo de Pozuzo como el escenario de operación del primer huaro no fue casual. Los técnicos del Ministerio de Vivienda querían comenzar en una zona de la selva que, además, no fuera de acceso demasiado complicado. Además, el distrito necesitaba un sistema de transporte sobre el río Pozuzo cuanto antes.

En marzo de 2013, el puente colgante que conectaba Codo de Pozuzo con el caserío Nueva Esmeralda fue barrido por el río. Esa mañana, un huaico había bloqueado el cauce del río y durante horas el agua se fue estancando como en una represa. Por la noche, la represa cedió. El agua llegó con furia. Teófilo Silva, un agricultor que vivía al lado del puente, vio cómo el río arrancaba los cables que sujetaban la estructura. Las maderas se fueron flotando.

La Municipalidad Provincial de Puerto Inca presentó al Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) sendos proyectos para reponer ese puente y otros más que habían sido afectados. Pero el del Puente de Nueva Esmeralda no fue aprobado. El tiempo pasaba y la población de Nueva Esmeralda necesitaba un sistema para cruzar el río. Fue entonces que los funcionarios de Puerto Inca supieron del Proyecto Huaros. La gente del Ministerio de Vivienda aceptó colaborar.

El nuevo huaro quedó instalado donde antes había estado el viejo puente.

FUERZA Y TIEMPO

Desde hace varios meses, Teófilo Silva y su familia no solo se dedican a la agricultura. Tienen también una labor especial. Son los encargados de llevar combustible para el motor de la antena que una empresa de telefonía tiene instalada en Nueva Esmeralda.

Una vez al mes, Teófilo, su mujer y sus dos hijos mayores cargan 200 galones de petróleo hasta el cerro donde está la antena. Para hacerlo, tienen que cruzar el río. Hasta hace poco tenían que hacer varios viajes en el pequeño e inseguro huaro municipal. Hoy, usan el nuevo huaro. Tardan entre 10 y 15 minutos en recorrer los 124 metros que separan una orilla de la otra. Y lo hacen en un solo viaje.

El tiempo que se demora en cruzar es una de las razones por las que muchos pobladores de Codo de Pozuzo y de Nueva Esmeralda todavía tienen recelos sobre la máquina. Eso y el hecho de que se necesite fuerza para dar vueltas a la manivela que impulsa el sistema de cadenas que mueve la canastilla. Los recelosos prefieren caminar tres horas y cruzar por la zona de Islería, donde hay una balsa que les cobra por peso. Pero, según Teófilo, que por vivir al lado es una suerte de guardián de la estructura, son cada vez más los vecinos que se animan a usarla.